28 de enero de 2011

Vino ¿bueno? o ¿corriente?

Ya estaba decidido, sería un vino lo que haríamos, ¡al fin estábamos de acuerdo! Fue así como comenzaron los preparativos para su elaboración.
Se escuchaban interrogantes  ¿De que fruta sería? ¿Cómo lo haremos? ¿Cuánto tiempo tardaremos? Pasaron los días y cada una de estas interrogantes conseguía su respuesta, ¡Será de mango! ¡Lo haremos por fermentación! ¡Tardaremos 3 semanas! Y fue entonces como llegamos a la última semana, al día de la prueba ¿Qué sabor tendrá el vino? Fuimos los primeros en probarlo, ¡Sabe rico! ¡Que bien nos quedo! Valió la pena nuestro esfuerzo, estos fueron nuestros primeros comentarios, luego fue probado por otras personas y salieron a relucir frases como: ¡felicitaciones!, muchachos han hecho un buen trabajo.

            Todo este asunto del vino trajo a mi mente aquel primer milagro de Jesús, donde en las Bodas de caná transformo el agua en vino. Y pensé como Jesús va transformando nuestras vidas, ¿Cómo convertirá nuestras vidas en ese vino?, me pregunté. Al igual que como lo hicimos nosotros, se preguntará ¿Qué fruto usaré? ¿Cómo lo haré? ¿Cuánto tiempo tardaré?, si pues, es evidente que tiene que hacerse esas preguntas afirmé.

            Entonces comienza seleccionando en nuestra vida aquel fruto bueno que hay en cada uno de nosotros, nuestras virtudes, luego comienza la fermentación y esa pulpa comienza a transformarse, puede que pase por situaciones difíciles y problemas grandes y pequeños que de alguna u otra forma dan un cambio a nuestra vida, solo que nosotros somos quienes decidimos si estos cambios nos ayudan a crecer o no, y así pasa el tiempo y cada día que pasa nos acercamos más a ser un vino. Y finalmente llega la pregunta ¿Qué sabor tendrá el vino? Es allí donde la mayoría de nosotros quedamos en el aparato, pues nuestro vino no le sabe rico a nadie ni siquiera a nosotros mismos, y es que aun con todos los cuidados que ha tenido Dios con nuestras vidas, nos empeñamos en malgastarlas en cosas que no nos llenan, en cosas que nos dañan, sucede entonces como el vino que es echado en cueros viejos, los cueros se revientan y el vino se pierde.
Nos olvidamos con que objetivo y por quién fuimos creados, olvidamos que fuimos creados para dar alegría. Alegría para el corazón, gozo y contento, eso es el vino bebido a su tiempo y con cuidado; más vivimos sin detenernos ni un instante, sin darnos cuenta de nuestros errores y mucho menos de a quién dañamos con ellos y así el vino en vez de dar vida al hombre más bien la disminuye. Al final de la prueba ¿Somos realmente un buen vino? ¿Un vino que valga la pena degustar?
Es hora de detenernos y dejar que Jesús sea quién comience a transformar ese vino que son nuestras vidas, para que así pueda escucharse entonces ¡Buen trabajo muchacho (a)!, escuchar decir: “Todo el  mundo sirve primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido bastante, entonces se sirve el vino corriente. Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora”. Jn 2,10.

No seas un vino corriente, al que nadie quiere saborear, al contrario sé ese vino que se guarda hasta el final, ese vino bueno que da alegría y que llena de esperanza el corazón, que da vida al hombre, sé el vino que Jesús transformó en las Bodas de Caná.


By: Johanna A. Jaimes P. 

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